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Imagination and the Megalopolis — Gabriella Gómez-Mont

Cuando vimos tantas ciudades y pueblos construidos sobre el agua y otras grandes ciudades en tierra firme, nos asombramos y nos dijimos que parecían fruto de embrujos (...) por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto. Algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños (...) No sé cómo lo cuente, ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aun soñadas.

— Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España

“De una ciudad no disfrutas las siete o setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya.”

― Italo Calvino, Las ciudades invisibles

Las ciudades son como historias en tiempo real nacidas de la suma de todas las subjetividades individuales que contienen; historias a las que se puede acceder desde millones de ángulos y lugares y leerlas de un modo diferente con cada combinación. Y algunas ciudades, como la Ciudad de México, son todavía más que la suma de sus historias: desafían a la misma imaginación y van más allá de nuestras nociones de lo posible.

Esto, como deja en claro Bernal Díaz del Castillo, empezó desde la concepción de la Ciudad de México y estableció el ADN de su futuro; topografía, historia, mitos y leyendas entremezclados: un conjunto adecuado a esta megalópolis increíblemente idiosincrática, tanto entonces como ahora.


Todo empezó con un peregrinaje. Los dioses susurraron visiones de tierras prometidas a los mexicas, tierras que reconocerían cuando encontraran a un águila posada sobre un nopal con una serpiente en el pico.

Todo empezó con un peregrinaje. Los dioses susurraron visiones de tierras prometidas a los mexicas, tierras que reconocerían cuando encontraran a un águila posada sobre un nopal con una serpiente en el pico.

De modo que partieron y caminaron por años y, sin importar que el águila-serpiente-nopal míticos se encontraran en medio de una pequeña isla rodeada de agua, una señal es una señal, así que los mexicas acabaron por crear una ciudad maravillosa de tierras flotantes: la futura ciudad de los palacios.

Los mexicas llamaron a sus nuevas tierras Tenochtitlan, que significa “lugar de piedras y tunas”. Avancemos en el tiempo: en su pináculo, justo antes de que los españoles llegaran al continente americano, Tenochtitlan era el centro del vasto imperio azteca y se las había arreglado con su geografía para dominarla. “Tenochtitlan llegó a convertirse en una de las áreas urbanas más extensas y ricas del mundo en aquel entonces. La ciudad tenía servicios e infraestructuras inauditos para el resto del mundo: agua potable traída por acueductos, sistemas de drenaje y calles amplias y pavimentadas. Sus mercados alardeaban de productos de prácticamente todos los rincones de Mesoamérica.” Así, es posible que el inicio y la existencia de esta megalópolis sea una de las anécdotas más extremas en lo que se refiere a mitos fundadores: dar fe del poder puro de la creatividad humana y su voluntad de rebelarse contra las limitaciones de lo que comúnmente conocemos como realidad. Sus obstáculos, que parecían insuperables, terminaron por ser sus encantos y fortalezas futuros. Una ciudad que todavía provoca y exige ingenuidad e imaginación día con día. Una ciudad creativa.

Este lugar al que llamamos Ciudad de México parece tan imposible e indescriptible hoy como en el siglo XVI, de formas distintas. Desde pirámides hasta castillos y rascacielos contemporáneos: es una ciudad laberíntica e interminable extendida en el tiempo. 22 millones de personas conforman la zona metropolitana de la ciudad, 5 millones de las cuales son niños (INEGI, 2010). Una sola estación del Metro ve pasar más gente por sus puertas que la población de muchas otras ciudades (un millón de personas llegan a utilizar una estación mientras que todo el sistema del Metro transporta 5.5 millones de personas al día). 60% de la ciudad es autoconstruida. El bosque de Chapultepec es tres veces más grande que Central Park. Es una de las mayores economías a nivel de ciudades del mundo, pero debido a las políticas nacionales también tiene uno de los salarios mínimos más bajos de toda Latinoamérica. Asimismo, es la segunda ciudad con el mayor número de museos y espacios de arte en el mundo, después de Londres, y donde vive y trabaja una de las mayores concentraciones de agentes creativos del continente. En la Ciudad de México, los artistas tienen la posibilidad de pagar impuestos con sus obras—siempre que, desde luego, puedan pagarlos, ya que muchos artistas y mentes creativas luchan por sobrevivir y son vulnerables cuando se enfrentan a la dinámica de las economías extractivas y monopolísticas que no logran darse cuenta del verdadero valor del trabajo creativo—. En otras palabras, los recursos son igual de vastos que los desafíos, mismos que no pueden ocultarse, pero que han exigido ingenuidad constante de parte de todos.

Entonces, tal vez no sea coincidencia que el único equipo creativo oficial integrado al Ayuntamiento haya nacido aquí e inspirado la creación de otras oficinas con ideas afines en toda Latinoamérica. Hace cuatro años, fundé Laboratorio para la Ciudad, la rama experimental y grupo de expertos creativo del Gobierno de la Ciudad de México, que le reporta al Jefe de Gobierno. El Laboratorio es un lugar para reflexionar sobre todo lo de la Ciudad y explorar otros guiones sociales y futuros urbanos de la megalópolis más grande del hemisferio occidental, trabajando en diversas áreas, tales como creatividad urbana, movilidad, gobernanza, tecnología cívica, espacio público, etc. Además, dicho Laboratorio busca crear vínculos entre la sociedad civil y el gobierno, cambiando de forma constantemente para permitir colaboraciones multidisciplinarias, insistiendo en la importancia de la imaginación política y pública en la ejecución de sus experimentos. Su equipo es una mezcla intensa y única, y lleva a personas del área creativa a las profundidades del gobierno. Aquí, artistas, cineastas, diseñadores, escritores, activistas, historiadores y arquitectos trabajan de la mano con científicos políticos, geógrafos urbanos, matemáticos, internacionalistas, planeadores urbanos y expertos en tecnología cívica.

Nuestro trabajo es explorar las zonas grises entre las disciplinas, las brechas, los bordes externos de nuestros lenguajes respectivos: buscar diferentes maneras de unirnos para captar, provocar e inspirar el pensamiento. En particular, tratamos de identificar lo que falta o los diálogos que se necesita entablar, y después tratamos de hacer algo al respecto. Llevamos la óptica de la imaginación y el proceso de pensamiento del arte a otras áreas, con lo que creamos proyectos con conciencia social, y también actuamos como consultores culturales e implementadores de ideas. Nuestros experimentos tienen tareas específicas en el fondo (es decir, crear el primer mapa del sistema de autobuses informales en la ciudad o crear mejores políticas para las zonas recreativas o replantear todos los presupuestos participativos de la ciudad o hacer una convocatoria de participación abierta para la nueva constitución de la Ciudad de México), pero también buscan redefinir la naturaleza de una megalópolis: de un espacio urbano abrumador a un lugar de posibilidades infinitas.

Creemos que las formas de nuestras ciudades son los patrones de nuestra imaginación colectiva y, por ende, también creemos que necesitamos sociedades experimentales e imaginativas: menos obstáculos para la entrada de la participación creativa y la creación colectiva de la ciudad. Pensar de forma distinta en la capacitad creativa de una ciudad; replantear el patrimonio intangible como bienes comunes urbanos; tratar los mitos, las metáforas y los símbolos como recursos; que el arte y la cultura sumen al repertorio de posibilidades formas urbanas y sociales; que la narrativa sea la sustancia en lugar de la superficie.

La Ciudad de México es nuestro espacio titánico de exploración y acción. Desafía e inspira al mismo tiempo. Intimidante, sí, pero emocionante como ninguna otra. Éste es el tipo de ciudad que no puede permitirse definir nociones de creatividad según otros estándares más que los suyos. Aquí, pensar en una ciudad creativa significa repensar no sólo las prácticas culturales contemporáneas, sino también cuestionar las ideas que han definido y contenido el ámbito de otras oficinas culturales, para otras ciudades y naciones. Aquí, necesitamos sumergirnos a profundidad en lo urbano y lo social, reconsiderar cómo un cierto ethos creativo puede ser catalizado y viajar más allá de las instituciones artísticas, más allá de la gentrificación de las colonias y la llamada “clase creativa”. Entender las extremidades y las externalidades de nuestro propio trabajo es un reto—uno imposible—, pero necesitamos empezar por algo, con un primer intento, nuestro propio peregrinaje, entrando a la ciudad y su potencial.

Este proyecto es un primer estudio de la ciudad, un primer plan, nuestro mapa en construcción para detallar un marco de trabajo de políticas creativas y trabajo futuro para una ciudad; una ciudad que no sólo alberga al cuerpo humano, sino también a la imaginación humana.